domingo, 2 de agosto de 2009

Día 21 - 28 de julio de 2009 - Sahagún - El Burgo Ranero

Durante la noche en el Hostal Alfonso VI de Sahagun medito acerca del porqué quiero saltarme etapas del Camino y concluyo que es por aburrimiento. La monotonía de Castilla me aburre y me distraigo. En mi vida he tenido también etapas aburridas y las he evadido ya sea negándolas y pasándolas como a través de un túnel que tiene que acabar y al otro lado iluminarse nuevamente, ya sea cometiendo actos imprudentes y a veces dolorosos para los demás, que me han servido para compensar esas estepas interminables. La Escuela de Ingeniería fue una de ellas, primero la compensé con mi trabajo en Música Libre y más tarde, haciendo la carrera a toda velocidad, trabajando paralelamente y sobre todo negando y negándome que me aburriera tanto. No tengo nada en contra de la Ingeniería al contrario, es interesante, necesaria, permite hacer mucho, es un gran desafío y está llena de gente valiosa que la practica. Todavía me gusta aplicarla, es sólo que mi creatividad y mi parte artística no tienen cabida y con los años me doy cuenta de que para mi eso es lo más importante. Bueno, basta de devaneos, mi decisión reflexionada es no saltar más etapas y por el contrario a lo aburrido prestar la máxima atención, veremos que resulta. Salgo a las 8 A.M. y me detengo en las Monjas Benedictinas a ver si pillo la misa de 8:30 y recupero la bendición que me perdí ayer. Aprovecho de mirar nuevamente los sarcófacos de Alfonso VI y el de 4 de sus mujeres. Es divertido, más adelante en León veré nuevamente a Zaida o Isabel, ahora enterrada en el Panteón de los Reyes. Las monjitas están rezando cuando llego. Son todas muy ancianas, salvo una que se acerca para informarme que no habrá misa. ¡Mala suerte! Me pregunto ¿que clase de señal es esta para mi? Pocos minutos más tarde entra un señor y gentilmente le explico que no habrá misa. Él habla con la monjita joven que resulta ser la abadesa y le pide la palabra y la comunión. Él es un diácono de Barcelona así es que salva la situación y ambos comulgamos. Me quedo aún un rato a escuchar las Laudas que son cantos de alabanza a Dios. Recuerdo a las monjas del Providencia de Grenoble, mi colegio de niña y descubro que yo era demasiado pequeña para comprender a estas mujeres dedicadas a Dios, yo sólo les temía y me producían rebeldía. No es que hoy las comprenda del todo, sobre todo siendo yo misma madre, pero me producen un sentimiento de respeto y ternura.
Allá voy, Burgo Ranero. Este nombre me llama la atención desde el primer día que cayó en mis manos algo del Camino. Lo leí apresurada como El "Burro" Ranero ( con mayor razón considerando que un poco más allá está Mansilla de las Mulas) y me llamaba la atención tener la oportunidad de ver y sobre todo oír el charco de ranas que hay a la salida. Cuento corto, porque este sí que es corto, no hay ranas. El Burgo Ranero es un pueblo diminuto, me pican con saña miles de bichos (dicen que pueden ser chinches) y eso sí, aprovecho de descansar. Entiendo y me entrego al "dolce far niente".

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